La empresa Papelera del Sur de 70 años de trayectoria bajó sus persianas en medio de denuncias por el reemplazo de la producción local por cartulina importada. El cierre golpea de lleno a la comunidad de Tornquist que dependía de la fábrica desde hacía generaciones y se suma a la larga lista de empresas que dejan de producir en el país.
La crisis industrial sumó un nuevo y doloroso capítulo en la provincia de Buenos Aires. La histórica Papelera del Sur, radicada en la localidad de Tornquist, cerró definitivamente sus puertas tras 70 años de actividad, dejando a 170 trabajadores en la calle. El cierre de la planta, que era un emblema del desarrollo productivo de la zona, encendió todas las alarmas en una comunidad que ve cómo su principal motor económico se apaga de un día para el otro, transformando el paisaje de una ciudad que creció al ritmo de la fábrica.
Detrás de la persiana baja hay una decisión empresarial que generó indignación y repudio. Según la denuncia de los propios trabajadores, los propietarios de la firma habrían tomado la determinación de discontinuar la producción local para comenzar a importar la cartulina que hasta hace poco fabricaban en el país. Esta maniobra no solo atenta contra el empleo argentino, sino que expone la lógica de un modelo económico que premia la apertura indiscriminada, ilógica, y castiga la capacidad industrial nacional, priorizando la rentabilidad de unos pocos por sobre la soberanía productiva.

El impacto social de la medida es devastador. Tornquist es una localidad donde generaciones enteras dependieron de la papelera para subsistir. Padres, hijos y nietos compartieron el mismo lugar de trabajo, forjando una identidad colectiva en torno a la producción.
La historia de Papelera del Sur no es un hecho aislado, sino un síntoma de una crisis sistémica. El país atraviesa una ola de cierres de fábricas y empresas que no distingue entre regiones, sectores ni antigüedad. La apertura de importaciones, la caída del consumo y los costos operativos insostenibles configuran un escenario letal para las pymes y la industria nacional.
Frente a este panorama, los trabajadores de la papelera y la comunidad de Tornquist exigen respuestas y reclaman la intervención del Estado para frenar el desguace de una empresa que consideran viable. El cierre de una fábrica de 70 años de historia no es un simple ajuste de balances: es la destrucción del esfuerzo, el conocimiento y la vida de cientos de trabajadores. El futuro de Tornquist pende de un hilo, mientras la Argentina suma un nuevo pueblo que ve cómo su fuente de trabajo se convierte en un galpón vacío.-