Infantino sufrió este viernes uno de los mayores reveses políticos desde que asumió la presidencia de la FIFA en 2016. Acorralado por una inédita rebelión de las principales confederaciones del fútbol mundial, el dirigente suizo se vio obligado a retirar el proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE), una iniciativa que buscaba incorporar capitales privados al negocio comercial de la Copa del Mundo y que había desatado una fuerte resistencia apenas días después de ser presentada.
La decisión fue confirmada mediante un comunicado oficial en el que la FIFA reconoció que la propuesta había generado una división imposible de sostener. "Tras escuchar atentamente todas las opiniones, quedó claro que el proyecto ha generado divisiones que, independientemente del nivel de apoyo recibido, ya no están alineadas con el objetivo que se planteó desde un principio", admitió el organismo, dando por terminada una iniciativa que amenazaba con abrir una de las mayores crisis institucionales de su historia reciente.
El proyecto había sido presentado apenas cuatro días antes y proponía la creación de FIFA Forward Enterprise, una sociedad comercial valuada en aproximadamente 20.000 millones de dólares, destinada a administrar parte de los derechos comerciales vinculados al Mundial. La idea consistía en vender cerca del 20% de esa nueva compañía a inversores privados, obteniendo una inyección cercana a 4.200 millones de dólares.
Según la FIFA, esos recursos permitirían fortalecer el programa de desarrollo del fútbol en todo el planeta. El plan contemplaba incluso el pago de un bono extraordinario de 20 millones de dólares para cada una de las 211 asociaciones miembro a comienzos de 2027, además de mantener bajo control de la FIFA la organización de los torneos, el calendario internacional y la gobernanza del fútbol.
Sin embargo, la propuesta fue interpretada por numerosos dirigentes como el primer paso hacia la privatización del activo más importante que posee la FIFA: la Copa del Mundo. La posibilidad de que fondos de inversión ingresaran al negocio comercial del torneo despertó una inmediata reacción de rechazo en prácticamente todos los continentes.
La ofensiva más contundente llegó desde la UEFA. La entidad presidida por Aleksander Ceferin consideró inaceptable el proyecto y advirtió que sus 55 federaciones no participarían de futuras competencias organizadas por la FIFA mientras la iniciativa permaneciera vigente. La amenaza significaba un golpe potencialmente devastador para el organismo, ya que implicaba la posibilidad de dejar sin Mundial ni otras competiciones a las principales potencias del fútbol europeo.
La posición de la UEFA fue rápidamente respaldada por la Concacaf, que rechazó de plano la iniciativa, mientras que la Confederación Asiática (AFC) también concluyó que el proyecto carecía del consenso necesario para continuar su desarrollo.
Con semejante frente de oposición, la presión sobre Infantino aumentó de manera exponencial y terminó convirtiéndose en una crisis política de alcance mundial.
La Conmebol eligió un camino diferente. En lugar de alinearse inmediatamente con Europa, el organismo presidido por Alejandro Domínguez evitó confrontar públicamente con la FIFA, aunque tampoco respaldó el proyecto. La confederación sudamericana solicitó explicaciones detalladas sobre distintos aspectos de la propuesta antes de fijar una posición definitiva.
En un comunicado oficial, la Conmebol informó que pidió precisiones sobre el alcance de la iniciativa, su estructura societaria, el esquema de gobernanza y los posibles efectos que podría generar sobre el futuro del fútbol internacional.
Al mismo tiempo dejó una definición que fue interpretada como una advertencia hacia la conducción de la FIFA.
"Entendemos que el desarrollo del fútbol requiere decisiones de carácter comercial y financiero. Sin embargo, dichas decisiones deben estar siempre al servicio del fútbol y nunca por encima de su esencia", sostuvo la entidad sudamericana.
La crisis no quedó limitada a las confederaciones. También estalló dentro de la propia FIFA.
Uno de los golpes más duros para Infantino fue la renuncia de Carlos Cordeiro, ex presidente de la Federación de Estados Unidos y uno de los hombres de mayor confianza del titular de la FIFA.
En una carta de fuerte contenido crítico, el ex ejecutivo de Goldman Sachs cuestionó abiertamente el proyecto.
"Vender una participación permanente en el activo más preciado del fútbol para recaudar 4.200 millones de dólares no tiene sentido. Es hipotecar el futuro del fútbol sin una justificación convincente", escribió.
Las críticas continuaron con las declaraciones de Kevin Lamour, director de operaciones de la FIFA, quien aseguró que gran parte de la estructura administrativa del organismo desconocía completamente el proyecto hasta que fue presentado.
Incluso afirmó que la propuesta había sido impulsada prácticamente por decisión exclusiva de Infantino, señalando que el personal había sido mantenido al margen durante todo el proceso de elaboración.
La controversia también trascendió el ámbito estrictamente deportivo. Desde distintos sectores políticos europeos comenzaron a surgir cuestionamientos a la iniciativa. Entre ellos se destacó el primer ministro británico Andy Burnham, quien calificó la propuesta como "escandalosa" y sostuvo que "el Mundial no es un producto", remarcando que el fútbol pertenece a los aficionados y no a los inversores financieros.
Frente a semejante escenario, la FIFA terminó cediendo.
En el comunicado mediante el cual oficializó la cancelación del proyecto, el organismo aseguró que el objetivo siempre fue fortalecer el desarrollo del fútbol mundial y sostuvo que, precisamente por esa razón, decidió retirar definitivamente la propuesta para evitar una fractura institucional aún mayor.
La entidad también anunció que en las próximas semanas buscará reabrir el diálogo con las seis confederaciones y con las asociaciones nacionales para reconstruir consensos y continuar impulsando programas de desarrollo económico sin poner en riesgo la unidad del fútbol internacional.
Más allá del cierre del conflicto, el episodio deja una marca política difícil de ignorar. Desde su llegada a la presidencia en 2016, Gianni Infantino había logrado imponer prácticamente todas sus grandes reformas, entre ellas la ampliación del Mundial de selecciones a 48 equipos, el nuevo Mundial de Clubes con 32 participantes, la expansión del calendario internacional y profundas modificaciones en los programas de financiamiento de la FIFA.
Esta vez ocurrió lo contrario. La resistencia coordinada de las principales confederaciones, sumada a las críticas surgidas desde el propio núcleo de conducción de la FIFA, obligó por primera vez a Infantino a retirar una iniciativa estratégica impulsada personalmente por él.
El retroceso representa una de las derrotas políticas más importantes de su gestión y demuestra que, incluso dentro de una organización donde su liderazgo parecía indiscutido, existen límites cuando las decisiones afectan el patrimonio y la esencia del torneo más valioso del fútbol mundial: la Copa del Mundo.-